La inteligencia artificial (IA) no es una moda ni un fenómeno pasajero: llegó para quedarse y se ha consolidado como el mayor motor de transformación de nuestra era. Sus aplicaciones abren enormes oportunidades en ciencia, salud y productividad, pero este salto tecnológico plantea una pregunta indispensable: ¿cómo aseguramos que permanezca al servicio de las personas, subordinada a la democracia, los derechos fundamentales y la dignidad humana?
A nivel global, la aceleración de esta tecnología pone a prueba a las instituciones. Ya no hablamos solo de algoritmos simples, sino de modelos de lenguaje avanzados y agentes autónomos capaces de ejecutar tareas complejas.
Su expansión acelerada conlleva riesgos concretos en ciberseguridad, privacidad, discriminación algorítmica y concentración del poder tecnológico y frente a esto, Chile no puede actuar desde la inercia ni limitarse a ser un observador pasivo. Nuestro país cuenta con ventajas estratégicas únicas para liderar este proceso en la región, siempre que se adopten las prevenciones éticas necesarias.
Poseemos minerales críticos como el cobre y el litio, esenciales para la infraestructura digital global, y un enorme potencial en energías renovables, mientras que la IA exige una gigantesca capacidad de cómputo y
Fuente original: Alerta Noticias Temuco
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